=CHUCHO VÉLEZ Y ADRIAN=

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(Por Popo Astudillo Méndez)
Si usted estimado lector tiene más de cincuenta años, se ha de acordar perfectamente del mercado “Gral. Baltazar R. Leyva Mancilla” ubicado en pleno centro de la ciudad de Chilpancingo de los Bravo Guerrero. Cuando esta ciudad era pequeña. Dependiendo por donde usted entrara a este centro de abasto. El que esto escribe ingresaba de niño por el lado de la calle Cinco de Febrero; por las casas de los Valenzo Miranda, por cierto allí era el estacionamiento –la calle- de un autobús de los llamados “Guajoloteros” procedente de ese bonito pueblo de Coaxtlahuacán. Bajando por la calle Baltazar, estaban los carboneros; y empezaba de lleno el mercado; las rocolas y allí, siempre allí “Miguelón”, escuchando música de principio de los setenta, de los siguientes grupos: Los Chicanos, los Galpes, los Barbaros, los Pulpos. Con sus grandes éxitos: Puente de Piedra, Pecado Mortal, La Última Canción, entre otras.
En este ambiente conocí a “Chucho Vélez” siendo niños, llegué a este mercado vendiendo manzanas –perones enmielados- Y Chucho vivía donde empezaba la calle Altamirano, lugar de fuerte movimiento comercial. Mi cajón de manzanas lo dejaba encargado por ahí y empezaba las correrías en ese universo maravilloso como lo es un mercado para un niño. Luego se nos unió Benjamín, un chamaco regordete, hijo de alguna trabajadora del lugar; como a las dos o tres de la tarde el hambre nos acosaba y los tres nos íbamos a casa de Chucho, el gordo Benjamín rápidamente se acomodaba en el comedor y aunque usted no lo crea; golpeaba con sus puños la mesa gritando: “quiero comer”. Decía en mis adentros nos van a correr, por el contrario, la mamá de nuestro amigo nos servía unos ricos platos de sopa que rápidamente engullíamos.
Pasaron los años y recientemente volví a ver a Chucho; donde creen, pues en un lugar bien surtido de pomos, cervezas y mezcales, lo saludé como se saluda a un amigo. No me aguante las ganas de decirle: “Te acuerdas que en los ochentas ningún candado se resistía”, arrancando las carcajadas de los presentes.
Tomando el elixir blanco de los sueños negros y en ese ambiente de camaradería, mi amigo me comentó que estuvo viviendo muchos años en Querétaro; el que esto escribe creía que Chucho habría tenido unas largas vacaciones en otro lugar. Nos acompañaba en esa tertulia otro gran personaje de ese extinto mercado, Adrián; no recuerdo sus apellidos, sus padres eran conocidos como los reboceros de la calle Zaragoza; otro sitio concurrido por comerciantes y marchantes. “Como han pasado los años, las vueltas que da la vida”. Dice a la letra la canción de ese bolero romántico.
Casi han pasado cincuenta años cuando conocí a Chucho y Adrián en ese universo maravilloso como lo era para unos niños un mercado, un cine o un circo. A un amigo jamás se le niega, “Haiga sido como haiga sido”. En este México absurdo, Kafkiano –favor de leer Kafaka- donde existen individuos que agarran cientos o miles de millones de pesos y jamás pisan cárcel –en el bote no hay ricos- y un hijo de vecino se roba un tanque de gas, un celular u otro delito menor y se le refunde inmediatamente en la penitenciaria. ¿Sera que los ricos no cometen delitos? Si los cometen lo que acontece que tienen ese “Don” y ese “don” afloja todo. Ya se fue ese mercado, como se fueron los propietarios de esos locales, sólo los recuerdos quedan de sus fondas, sus carnicerías, tiendas de abarrotes, sastrerías, sus cargadores, sus borrachitos y la chamacada que despertaba a la vida por sus pasillos y calles.

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