=UN REINO LEJANO=

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(Por Popo Astudillo Méndez)
Se encontraban dos súbditos de un lejano reino, platicando muy amenamente sobre cosas y asuntos sin mayor importancia; cuando vino a la plática la composición de los ministros que asesoraban al rey en los asuntos más importantes de ese reino. Sorprendidos por la sapiencia del primer ministro, cuya “luz” cegaba a quienes estaban cerca de él. Uno de los súbditos le preguntó al otro, ¿conque objeto, cosa o animal identificaba al primer ministro? Rápidamente el interrogado contestó; “sin duda alguna lo relacionó con un libro”. ¡Exacto! No hay mejor comparación que un libro para identificar al primer ministro, porque tiene fama de autodidacta, sin duda un gran intelectual. ¿Y al ministro de deportes? Caray –contestó su acompañante- pues sin duda alguna a este tío lo identifico con unas pesas de muchas libras; porque todo en él es puro musculo, sin duda alguna dijo el otro ciudadano.
Del ministro de deportes pasaron con el de acción social y a este último lo relacionaron con una gran despensa, pues su actividad principal era repartir alimentos a la población. ¿Y qué me dices del ministro de justicia cuñado? ¡Ah! El ministro de leyes sin duda le queda al pelo el compararlo con un gran sabio Búho. Y así los contertulios al no tener nada que hacer esa tarde de domingo, se la pasaron comparando a todos los ministros del reino, al de agricultura lo identificaron rápidamente con una verde y frondosa milpa, con mazorca y su pelo rubio como era ese ministro de las siembras y de las cosechas.
Al de ganadería con un gran manso y lento buey; al de comercio con una báscula romana, para pesar exclusivamente mercancías; al de relaciones exteriores lo compararon con una grande y pesada maleta; así como con una camisa hawaiana, por eso de que se la pasaba viajando. Al de relaciones públicas le endilgaron una gran botella de ron, por su afición a las bebidas espirituosas; al del registro civil con una gran cigüeña; al ministro del trabajo lo compararon con un gris y holgado overol; al recaudador de rentas lo relacionaron con un buitre carroñero, al de cultura con una perfumada y delicada flor de crisantemos.
Llegó el momento en que ya habían acabado de “comerse” a todos los ministros habidos y por haber, entonces se fueron con el plato fuerte, o sea el mismísimo rey, su majestad, el todopoderoso, el dueño de vidas y haciendas. Uyu yu –dijo uno de los participantes en esa charla informal- sin duda alguna; a mi rey lo identifico con un caballo garañón. Me la ganaste “brujo” –le dijo su compañero- pues debes de saber que nuestro rey, no puede ver unas faldas, porque luego se “aloca”. Cuentan las malas lenguas –dijo el otro. Que las mismísima reina le ha bajado de la carroza real de las puras greñas a sus futuras “victimas”, y agarrado a sartenazos al rey, ante la mirada atónita de la guardia personal de soberano; misma que nadamás se queda mirando sin poder intervenir ante la furia real.
Esto aconteció en un reino muy lejano. La lección de este relato, es que no somos perfectos y la felicidad no existe; así sea un aposento real.

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