=LOS HIJOS Y EL CELULAR=

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=LOS HIJOS Y EL CELULAR=
(Por Popo Astudillo Méndez)

Si usted estimado lector no conoció en su infancia o juventud el teléfono inalámbrico llamado celular, fue muy afortunado. Comencemos. Hoy en día niñas, niños y jóvenes adolescentes, consumen muchas horas de ocio operando este mentado aparato, es desesperante verlos metidos concienzudamente. Las consecuencias aún las desconocemos, se comentan que un niño que pasa muchas horas al día “consultando” su aparato, llega a conocer menos palabras que un niño que ocasionalmente utiliza su teléfono. Para las generaciones de personas en cuya etapa formativa no tuvimos la “oportunidad” de conocer celular, tuvimos la dicha de conversar con nuestros adultos mayores –padres, tíos, abuelos, etc.- en charlas informales de sobremesa en la sala de la casa, o en las sabrosas platicas de las banquetas ya sea de los parques y jardines, o afuera del domicilio. Allí nuestros mayores nos transmitían su experiencia, su sabiduría, sus consejos. De esta forma a los hijos y nietos se les preparaba para la vida.

Actualmente estas generaciones del internet, de la televisión, por cable del celular, han perdido la oportunidad de recibir la experiencia pura de sus mayores. Muchos jóvenes –hombres y mujeres- han encontrado su perdición a través del internet. Si la ciencia, traducida en tecnología de punta, nos va a llevar a la barbarie, entonces maldita sea la ciencia. Actualmente si alguien se enorgullece de la tecnología alcanzada por la humanidad, es como si se enorgulleciera de su gloriosa apendicitis, o de su cáncer o de su diabetes. Ante una nueva comodidad, una nueva esclavitud para el consumidor, esto está debidamente comprobado. La variedad de alimentos actualmente llega al millón, la mayoría chatarra; si de casualidad prende el televisor en la madrugada, verá infinidad de productos que se ofertan: “Para una mayor comodidad en el hogar”, pero fíjese caro lector, a mayores bienestares materiales, más intensamente penetra el estremecedor temor a la muerte en el alma del hombre moderno, del hombre consumidor. Este temor masivo, temor que nuestros antepasados no conocían, nació del insaciable, estridente y bulliciosa vida. Hoy el ser humano, aquí en occidente, cada vez va festejando más santos, que muchos no sabíamos que existieran, en su pequeñez el hombre busca protección divina, celestial, metafísica. Su atribulado espíritu se estremece por los acontecimientos trágicos que le abruman. Acontecimientos funestos que nuestros padres y abuelos no conocieron, y menos llegaron a pensar que esta situación caótica fuera a existir. La impaciencia y el estrés son los últimos productos que la tecnología de punta ha lanzado al mercado, productos que se pueden adquirir en cualquier centro comercial.

La impaciencia, actualmente cada vez hay más gente que le irrita esperar en un tráfico congestionado, en una fila de algún banco o esperar formados para entrar a un cinema. El estrés y la impaciencia, no son buenos amigos para el corazón; de allí que estén de moda los infartos, dice la sociedad médica, que el 50% de ellos son mortales. Siempre he criticado a esos individuos que son buenos para criticar, para destruir, derribar una idea o un proyecto lo hacen bien, son los famosos contras; pero no ofrecen alguna que otra alternativa. Si el hombre moderno ya no sonríe, menos se va a carcajear, a divertirse, a bailar; es porque olvidó nutrir su espíritu, cultivarlo como arbolito que va creciendo. Le recomiendo que compre y lea la primer obra clásica de todos los tiempos, La Ilíada de Homero, poeta ciego medicamente. Lea cuando menos cinco hojas al día, asimile los grandes mensajes que el autor nos da. No le va a curar de momento su atribulado espíritu, pero este es el camino.

 

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