=MI BARRIO DE AYER=

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(Por Popo Astudillo Méndez)

Cuando era niño tenían mi Barrio un no sé qué. Era otro sol, era otra luna; eran otros vientos. El del norte que sólo soplaba por la mañana se sentía muy frio; y el del sur muy refrescante por la tarde; este último no se me olvida pues levantaba ventarrones sin rumbo que sólo se aplacaban con la llegada de las sombras de la noche; también alzaba y tiraba sombreros, así como elevaba papalotes a los cielos allá en los terrenos donde más tarde se formaría la colonia de los sauces Ese viento del sur que hacía susurrar a las casuarinas –pinos- y cuyo susurro imitaba al sonido que hace a su paso el río azul. La quietud de sus calles porfirianas sólo era roto por el doblar de las campanas de la iglesia que anunciaban difunto, y también por esos pregones que ya no existen: Nieve, nieve de sabores. Manzanas, manzanas, gritábamos quienes vendíamos perones enmielados que preparaba Doña Mode. Geelatinas, era el pregón de otro niño. Los domingos por las mañanas, las calles aledañas al parque se llenaban del inconfundible aroma del pan recién horneado a la más alta repostería, señal de que Chucho Romero saldría a vender su producto. En tanto la palomilla compuesta por Beno, Popo, Martín, Agustín y Jesús se aprestaban a ir a las lejanas pozas de Ocotepec, a bañarse, a cazar cangrejos; a cortar ciruelas y guayabas, y en el paso obligado de la “casa del niño” a sacarle la vuelta a los bravos canes que cuidaban. Esas cosas hermosas, porque yo así las ví, ya no están en mi Barrio, ya no están nunca más.

La casa era un fantástico universo, lugar ideal para jugar a las escondidas con hermanos y vecinos, y la escoba era mi rápido corcel. En la silla principal de la mesa estaba un hombre a quien amar, cuando sólo conocía tres palabras: Padres, amigos y hermanos. Cuando para corregirnos nos espantaban con los cuentos de las húngaras y los robachicos. ¡Ah! Ese jardín de niños donde empezó a formar todo mi ser, y en la primaria ese profesor que se desesperaba por no entenderme. El kínder y la primaria construidos de adobe grueso y de teja roja, ya no existen, se fueron como se fueron, sus calles empedradas, sus panaderías, sus antiguas peluquerías caseras, estas últimas atendidas por Don Chano González y Don “Taco” Aparicio. Al caer la tarde sacaban sus mesas limpias señoras para vender cena, ofreciendo: Tacos, enchiladas y tostadas. Con cincuenta centavos se cenaba; tres tostadas rebosantes de queso rayado por veinticinco centavos; un vaso de agua de sabor, ya sea de Jamaica; horchata o tamarindo por quince centavos, y diez centavos de semillas chiquitas. Y pienso que todo fue una ilusión, un espejismo, pues del Barrio que viví, sólo la iglesia queda, misma que ha ido despidiendo a sus parroquianos puntualmente uno a uno, a donde irán los muertos, quien sabe a dónde irán. Dicen que van al cielo; y que este es para los mortales el consuelo al morir, como dice la canción. Lo cierto es que el sonido de las campanas nos traen pensamientos funestos, como que de continuo nos recuerdan nuestra frágil existencia, nuestra mortalidad.

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